EL REENCUENTRO.

Foto: Gina Ruz.
23 Diciembre 2006.

Salí a las 2:45 de la tarde desde Bogotá. Me esperan 4 horas de viaje por tierra hacia el Sur occidente del País. Es una buseta pequeña, inestable, y llevamos sobre peso de equipaje. El conductor sobrepasa los límites de velocidad, y pretende llevar más sobre cupo, subiendo a otros pasajeros por el camno. Me enojo y no le permito subir más gente, ya que es muy peligroso, pero parece no entender. Le digo que es ilegal, que es peligroso, que llevamos muchos niños y que es una ruta peligrosa y es tarde. Me dice algo acerca de dinero para el aguinaldo, y tengo que insistir y comparar la vida con el dinero y esas cosas. Me acordé de los españoles, y que ahora saco a relucir mi herencia pendenciera, pero si algo aprendí en Europa fue a cumplir las reglas, con la consciencia y la reflexión del sentido de ellas. A regañadientes se bajaron y escuché algo como “!Que miedosa y que mal genio, y si no le gusta porque no compra carro y se va sola!, y otros refunfuños  peores que no quise escuchar.

Después de subir y bajar la montaña por caminos estrechos y peligrosos, llegué a Ambalema. Casas blancas, techos rojos, puertas y columnas de madera verde oscuro, pueblo ribereño del Río grande de la Magdalena, patrimonio histórico de la humanidad... este lugar me recibe con un calor de ambiente y de gente, que hace 3 meses no sentía. Esos tres meses de otoño en Amsterdam.

Apenas bajé del bus, un joven se ofreció a ayudarme con las maletas, y como ya había perdido la costumbre de gente amable, dije que no, reprochándome luego de la caminada de dos cuadras con el pesado equipaje. Luisa Fernanda (la nieta de los vecinos de enfrente) me recibe con un gran abrazo y su madre se apresura a ayudarme. Pregunto por la abuela y después de cortos saludos voy a su encuentro.

Está un poco más delgada, débil y con bastón, algo nuevo, pero con la felicidad brillando en los ojos. Lleva un vestido verde claro, de esos que se pone en ocasiones especiales. No debía faltar la anotación de su atuendo, así que la molesté un poco acerca de si iba a rumbear o algo así. La abuela se ríe y nos sentamos (con vecinos incluidos) a contar cosas de mi viaje a Europa.

-Ahora tiene mucho que contar-. Me dijo. Y me di cuenta que para ella no era nada nuevo. Todas mis experiencias y conocimientos del viejo continente ya las sabe, ya forman parte de su conocimiento.

-Cuando vinieron los universitarios de Ibagué me dijeron que era mentirosa porque les dije que sólo estudié primaria en un colegio de campo-.

-Lo que pasa abuela es que usted sabe mucho- le dije.

Ella me cuenta que trabajó 10 años en una biblioteca, así que ha leído todos los libros que ha podido.
Y es que mi abuela sabe mucho. Ella tiene la sabiduría del indio que ama y respeta la tierra, la experiencia de 93 años de vivir, el conocimiento de los libros, de las cosas y de la gente. Lo mejor de visitar Ambalema es sentarse a escuchar a la abuela. Y no es un sentimiento de orgullo familiar lo que me hace expresar esto, ya que igual, mucha gente viene a verla.
Cuando supe que al día siguiente iba a salir en city TV, le pregunté que quién la había entrevistado.

-Es que como han venido tantos no me acuerdo-. Me dice.

Y me cuenta que ha dicho que para qué le preguntan a ella si ella no nació en Ambalema, (Pero yo se que siempre vienen a verla a ella porque es la persona que más sabe de la historia de este pueblo), y me dice que ha contado la historia de las tabacaleras, que fueron fundadas por dos Antioqueños que llegaron a este pueblo a lomo ‘e mula; famosas tabacaleras, grandes exportadoras, que antaño le dieron fama y dinero a este pueblo, ahora pobre y olvidado.

Pero mi abuela no olvida. Ella recuerda sus danzas indígenas, danzas para sembrar el maíz, pilarlo, recoger la cosecha, danzas para burlarse de los bailes de los españoles y danzas para enamorar a las campesinas. Danzas que ha enseñado a los hijos de Ambalema desde hace 35 años.

Y el pueblo Ambalemuno tampoco olvida. Las paredes de la casa de mi abuela lo cuentan. Diplomas, menciones de honor y placas de agradecimiento, adornan toda la sala, y se unen a ellos más reconocimientos cada año. Pueblo cálido, amable y agradecido, acoge y ama a la abuela desde que vive con ellos. Y ahora estoy aquí.